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10/22/2015

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Aires de campeón




El bar estaba tranquilo. Eran las cuatro y cuarto de la tarde de una tarde templada. Los parroquianos empezaban a llegar, como escapados del pelotón. Primero, solo, llegó el “Viejo” Pedro. Saludó a Antonio con una mueca y se sentó solo en el rincón de la ventana que da a la avenida. Después, charlando casi a los gritos, cruzaron el umbral Richard y El Toto. Ambos pidieron una caña. Quince minutos más tarde, el “Sordo” Gómez estaba sentado frente a una grapa. Después cayeron tres de veteranos que estaban de paso.

En el momento justo en que Antonio volvía a su puesto detrás de la barra, luego de haber servido tres cafés, aparece el “Molleja”. Entró con una sonrisa tan grande como su caja de herramientas. Saludó con un gesto con la cabeza a los parroquianos y se fue derecho al dueño del bar. Dejó los pertrechos en el suelo y le extendió la mano a Antonio.

“Felicitame Manolo”, dijo el Molleja. Antonio supo que la mano venía de cargada. El Molleja era el único que ocasionalmente le decía Manolo y siempre era por alguna tomadura de pelo. Antonio lo miró con desconfianza, pero le dio la mano. Se quedaron aferrados como dos diplomáticos, mirándose a los ojos. Hasta que el Molleja soltó:

─ En verdad nos tenés que felicitar a todos los que estamos acá.
─ ¿Te sentís bien? – dijo Antonio con una sonrisa tímida.
─ Perfecto… Somos los campeones y les ganamos a ustedes.
─ ¿De qué me hablás?
─ ¡Le ganamos a España la final del Mundial de Pelota Vasca! ─ largó una carcajada sonora que hizo a todos los parroquianos darse vuelta casi al unísono.
─ ¡¿Pero eso fue hace días?! ─ dijo Antonio a modo de excusa.

Era cierto. Pero eso no logró disminuir el ímpetu del Molleja, que se creció en su arrebato. Si ese era su único argumento, tenía medio partido ganado. Entonces, el Molleja se acodó tranquilo sobre la barra y empezó a relatarle a Richard (que no tenía ni idea del tema), los pormenores de la lucha de la dupla de uruguayos para llegar a ser campeones. Explicó cómo en el campeonato pasado llegaron a la final y terminaron vicecampeones, cómo esta vez habían dejado por el camino a duros rivales de la categoría (incluyendo al local, México) y cómo jugaron la final.

─ Ganamos 15 a 10 y 15 a 9 en una final emocionante. ¡Uno de los competidores, Gastón Dufau, jugó con un hueso de la cara fracturado! El tipo la luchó, porque le dolía en pila, pero así y todo ganaros…
─ ¿Y desde cuándo conoces tanto de este deporte? ─ Preguntó Antonio, mitad ofendido por el ataque a su españolidad y mitad por verdadero interés.
─ Desde que tengo a un gallego para gastar ─ dijo el Molleja con una sonrisa socarrona.
─ Andaaa. Si no sabes ni como es la pelota, ¡qué te vienes a hacer el que sabes!
─ Ahora aprendí.
─ Ay con ustedes los uruguayos... ¡Siempre hacen de sus finales algo místico!

Feliz de hacer calentar un poco a Antonio, el Molleja se fue a conversar a la mesa de Richard y el Toto. Algún parroquiano más, entró al bar y las rondas iban en aumento. Antonio esperaba que viniera su compañero, el mozo de la tarde mientras contaba el parcial de la caja de la mañana. Todo siguió como el resto de los días.

Pero en su interior, Antonio se sintió tocado. A esta altura del partido, él era más uruguayo que la semana criolla. Pero cuando alguien le hacía mención a una victoria o derrota deportiva de su Madre Patria, siempre se ponía igual. Entonces, cuando el Molleja se estaba levantando para pagar, Antonio lo hizo sentar. Sirvió a todos los que estaban en esa mesa, una vuelta de grapa extra. “A cuenta de la casa”, dijo Antonio con una mueca macabra. Puso un vaso vacio delante del Molleja. Se miraron a los ojos y el dueño del bar, miró a su cliente como si fueran dos líderes que están por declarse la guerra. Y sin decirle nada se dio media vuelta, dejándolo frente a un vaso repleto de aire.

El Molleja le gritó “rencoroso”, pero Antonio seguía con su mueca macabra. Dentro de esas cuatro paredes, el alcohol era el único lenguaje compartido al ciento por ciento. Todos rieron, menos el Molleja que con aire displicente le dio la espalda a Antonio. El español demoró dos minutos en volver, casi en silencio y con una sonrisa socarrona, le tocó la espalda al Molleja. Le dejó un vaso de whisky doble en las rocas y le espetó un “¡salú campeón!”.


imagen: reboluciongutural.blogspot.com
10/22/2015

6/13/2013

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Calculadora en mano


Las eliminatorias para alcanzar una plaza en el campeonato mundial de fútbol son siempre torneos difíciles, donde todo puede pasar. Pero en América del Sur son las más complicadas del planeta. Al menos esa era la idea que quería transmitirle el Milton al Molleja, pero los nervios lo traicionaban en esa noche de martes. A miles de quilómetros del boliche, la selección uruguaya y la selección venezolana jugarían un partido que les significaba algo más que los tres puntos: las posibilidades de continuar en la lucha por llegar al Mundial de Brasil 2014.

“Clasifican cinco de nueve y nosotros vamos en el lugar siete”, repasaba ofuscado el Molleja. Estaba sentado frente a la barra, con los ojos puestos en la tele. En la pantalla aparecían tablas, cifras, nombres, resultados y un amplio etcétera. Pero el Molleja no dejaba de repetir que Uruguay estaba en ese “puto séptimo lugar”.

Los parroquianos aparecían por la puerta, como en una escena de teatro. El telón abrió con el Gallego lavando los vasos detrás de la barra de la derecha; el Molleja con la atención puesta en la tele, jugueteando con un vaso de caña entre las manos y el Viejo Pedro, ubicado en la mesa más cercana a la puerta. Primero entró el Toto. Todo vestido de deportivo celeste tirando a azul, que parecía un integrante de la delegación del combinado uruguayo. Después llegó Carlos. Llevaba puesto un gorro de lana con la leyenda URUGUAY, sacado directamente de los años 80. Más tarde, algo cansino, entró el Milton. Casi sobre el final de la previa que hacen en la transmisión de la tele, llegó el Sordo Gómez. Por último, cuando las selecciones pisaban el césped del estadio, entró Richard. Además de los parroquianos, alguno que no tenía cable pisaba por primera vez el boliche. Tampoco faltó el que garroneaba desde afuera.

Se ubicaron todos frente a la tele. El ambiente era similar a una tribuna, pero era mejor porque los asistentes podían bebidas alcohólicas en abundancia o como dijera Richard “chupar a cara de perro”, cosa que en los estadios no está permitido. El gallego iba y venía por el local. Servía picadas, llenaba vasos y acomodaba platos. Sabía que estos momentos siempre rinden económicamente, pero mucho más cuando la cosa venía en serio. Es con nervios la gente consume más. Antonio agradecía a Tabarez que la eliminatoria se hiciera complicada y que hiciera los cambios como él quería y no como lo pedía la hinchada.

Cuando el juez dio el pitazo inicial, la ansiedad copó el local. Hasta el mismísimo Viejo Pedro, un ser callado y que apenas tenía sentimientos para la grappa con limón, tamborileaba en la mesa de cármica y echaba algún insultito entre murmullos. El resto, directamente puteaba a los jugadores, al juez, a la hinchada locataria y hasta los carteles de la publicidad.

─ ¡Bo, estos tipos no dan tres pases seguidos! ─ gritaba el Molleja
─ …chadesumadre ─ protestaba Carlos haciéndole eco al Molleja, que ahora se golpeaba la rodilla derecha.
─ Ya vamos a empezar con la maldita calculadora otra vez, no puede ser ─ dijo el Toto.

En ese mismo momento, el Toto se acordó de una vieja cábala futbolera que tenían con el Milton. Consistía en que el Toto y el Milton se sentaran juntos en la misma mesa. El Milton traía su calculadora de la casa y la dejaba arriba de la mesa donde estaba ubicados. Cuando la cosa se ponía fea para el cuadro, el Toto agarraba la calculadora como si fuera una estampita. Tocar los botones en forma aleatoria, sin mirar lo que sus dedos y al final la dejaba quieta. Gracias a esta cábala (eso decían los dos), Uruguay había clasificado al Mundial de Sudáfrica, después había llegado a la cuarta posición en campeonato y además había ganado la Copa América.

─ Che… ¡No trajiste nunca más la calculadora! ─ el Toto le dio un golpe corto en el brazo al Milton.
─ Pa,  si, tenés razón… Pero no tengo idea donde quedó tirada.
─ ¡Andá a buscarla!
─ Andá a cagar; dejame ver el partido.
─ No, en serio. ¡Andá a buscarla! ¿No ves que nos tienen acorralados? ¡Andá, mamón!

Discutieron un poco más pero al final el Milton arrancó para la casa. Estaba relativamente cerca, como para correr hasta ahí y traerla. Demoró unos 5 minutos en total. Puso la calculadora encima de la mesa y se dispuso a mirar el partido. La fatiga del Milton era proverbial. La carrera desde el boliche a la casa y de la casa al boliche lo había dejado extenuado. Mientras el Milton boqueaba para tomar aire, el Toto le daba a las teclas sin cesar. Dos minutos más tarde, Cavani entra en el área y mete el gol. Los gritos que salían del bar, más que de festejo eran de alivio.

─ ¿Viste? ¡Te dije que la trajeras!
─ Si, pero mi mujer casi me mata
─ ¿Por?
─ Porque se la tuve que sacar de la mochila al botija. Viste que ella se pone pesada con las cosas del borrego.
─ Bueno, pero es por una causa noble ─ dijo el Toto, para darle animo al Milton.
─ Si. Mi borrego lo entendió a la perfección, pero viste como es la madre…
─ ¿Y por qué no te trajiste a tu botija?
─ Porque se iba a la casa de la novia a ver lo que quedaba del partido.

Los minutos pasaron. Las puteadas, los nervios y las consumiciones aumentaron. Pero el peor momento fue el del tiempo adicional. Cinco minutos que parecieron horas. La tensión se reflejaba en los rostros de los parroquianos. Los ojos estaban petrificados en el reloj. Hasta que el árbitro se dignó a pitar. Nuevamente los gritos de alivio y abrazos. La felicidad y la tranquilidad invadieron los músculos de estos hombres, que durante más de dos horas estuvieron más duros que una columna.

Como conclusión del partido todos rescataban que Uruguay volvía a tener chances. Igualmente, el resto de las eliminatorias sería durísimo. Ahora volvían las charlas distendidas, las palabras serenas. Pero todos empezaron a pensar en el próximo desafío de la selección: la Copa de las Confederaciones. Y casi todos, por no decir todos, miraron a Antonio. Es que el próximo domingo comenzaba el torneo y el primer partido era entre el campeón de Sudmérica y el campeón del mundo. Uruguay contra España.

“¿Y vos por quien hinchas?”, preguntaban todos. Antonio, viejo conocedor del negocio y buen amigo, no decía nada. Solo se limitaba a mostrar una sonrisita pícara. Pero cuando se iban, Antonio les decía (a modo de saludo): “el domingo te espero aquí, ¿eh?”.



Fotos: www.cnnexpansion.com; www.photocase.es; www.guioteca.com
6/13/2013

6/03/2013

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Chanchos en el boliche


Vaso de cerveza
“Esta vez se fueron de mambo”, repetía una y otra vez El Molleja, sentado en la barra del boliche. Miraba el informativo de la tele (ubicado arriba a la derecha del salón). Le repetía las mismas palabras, una y otra vez, al Gallego. Antonio lo miraba por encima de los lentes. La noticia era el paro de los inspectores de transito de la Intendencia de Montevideo.

El Molleja era el único de los parroquianos en el boliche. El gallego, cuando la cosa estaba tranquila, aprovechaba para ponerse al día con el arreglo del local: barrido, trapeo de mesas, poner en orden las cuentas y armar la lista de compras para cuando cayeran los proveedores. Estaba en esto último, cuando empezó a escuchar que su cliente repetía “son unos caraduras”.

─ ¿Qué te pasó? ─ dijo Antonio.
─ Nada, me calientan estos tipos. Tienen flor de sueldo y encima quieren que no les descuenten.
─ Explicame de qué me perdí porque estaba en mis cosas ─ solicitó Antonio con su mejor acento español.
─ A ver cómo te lo explico ─ la pausa del Molleja duró unos largos segundos ─ El tema es así: los chanchos estuvieron haciendo paro…
─ ¿Chanchos?
─ Sí. Los chanchos se les dice a los inspectores de tránsito.
─ Ahhh.
─ Bueno… Los chanchos hicieron paro porque le reclamaron a la Intendencia varias cosas. Querían un aumento en el porcentaje que se llevan de la recaudación de las multas y querían mejores condiciones de trabajo (en los vestuarios, equipos y esas cosas). Pero además, Ana cambió los criterios de trabajo. Antes los chanchos trabajan de lunes a viernes. Si querías y te servía, podías salir los fines de semana y lo cobrabas como horas extra. Pero ahora hicieron un llamado y los nuevos, laburan los fines de semana pero con paga normal. Y claro, al resto se le acaba lo de las horas extras. Esto a ADEOM no le gustó.
─ ¿Entonces?
─ Entonces cocoa, Gallego. Le encajaron una huelga a Ana y salieron a quejarse durante días. En síntesis: Ana aceptó mejorarles las condiciones de trabajo, pero lo de la guita no. ¿Pero qué pasó? ─ el Molleja hizo una pausa casi teatral y continuó ─. Ahora la Intendencia les va a descontar a los chanchos los días no trabajados por el paro (que son unos 19 días en total). Entonces los chanchos salieron a decir que cómo se les va a descontar, si ellos pidieron por mejoras de condiciones.

Inspectores de tránsito de Montevideo, parando vehículos en la calleEl gallego lo quedó mirando, siempre por encima de los lentes y con las boletas de los proveedores en la mano. No entendía que estaba pasando. Quedó callado, a la espera de algún dato más. El silencio duró unos 10 segundos. Ambos se miraban sin sacarse los ojos de encima.

─ No entiendo. No me cierra ─ Antonio dejó las boletas encima del mostrador.  
─ ¿Qué no te cierra?
─ ¿Pero no reclamaban por más porcentaje de lo que recaudan en las multas y el tema de las horas extra?
─ Sí.
─ ¿Entonces?
─ ¿Qué tiene que ver que vos paras por condiciones de trabajo, por problemas con el jefe, por más salario o porque quieren tener de mascota a un poni multicolor? Vos no fuiste a trabajar. Punto. Se te descuenta. Punto. ¿Qué más querés? Si hacés paro (por lo que sea), te tienen que descontar.

Antonio dejó las boletas arriba de la mesa. Se sacó los lentes y quedó mirando al Molleja. “¿Cuánto gana un chancho de estos?” preguntó Antonio, señalando la tele con el pulgar. El Molleja le contestó que estaban reclamando aumentar el tope máximo de recaudación por multas, de 14.000 pesos uruguayos a 18.000. Este ítem (aclaró el Molleja) es una extra del sueldo normal. Antonio miró desconcertado la tele.

─ ¿Me decís que quieren pasar de 14.000 a 18.000 pesos?
─ Sí.
─ ¿Sólo por multas?
─ Sí. 
─ ¿Sin el sueldo?
─ Los 14.000 pesos son solo por las multas que hacen. El sueldo es aparte. La escala de salarios que figura en la página web de la intendencia dice que, un trabajador de ingreso por ocho horas de trabajo cobra (pelado) 19.000 pesos. A eso, hay que sumarle antigüedad, horario nocturno (si corresponde), compensaciones (si las hay), etc., etc. Pero sin otro tipo de compensaciones, a los 19 pelados le tenes que sumar los 14.
─ ¿33.000? ¿Y quieren más aumento? ¡Son unos caraduras entonces!
─ ¿Qué te estaba diciendo?

Antonio se volvió a poner los lentes. Volvió a agarrar las facturas. Mientras sacudía la cabeza, siguió sacando cuentas y fijándose en las cosas que tenía que reponer. EL Molleja se bajaba su segunda caña y miraba el informativo. En eso, cayó Carlos. Saludo a ambos y vio que el Molleja estaba atendiendo al informativo. Pidió una grappa con limón y se sentó al lado del Molleja.

─ ¿Viste lo de la Intendencia? ─ preguntó Antonio a Carlos, mientras servía el vaso.
─ ¿Lo de los inspectores?
─ Sí.
─ Ah sí. Lo vi.
─ ¿Vos que opinás?
─ Esta salado. Estos tipos lo único que van a ganar es que la gente se caliente más con ellos. Parecen que no ven la realidad. La gente los detesta y ellos siguen. No sé cómo no se percatan que las huelgas se ganan o se pierden muchas veces si tenés a la opinión pública de tu lado. Es simple. Mirá…

En eso entró el Toto. Saludó desde la puerta a los gritos y se fue a sentar al otro lado del Molleja. Carlos lo miró y mientras el Gallego le ponía una cerveza arriba del mostrador, le preguntó:

─ ¿Qué pensás de la huelga de los chanchos?
─ Que están pasados de vivos. Pero mejor, porque nadie te encajaba multas y al final no paso nada.
─ ¿Ves lo que te digo Gallego? ─ comentó Carlos. La gente está toda caliente. El tema de los sueldos es siempre el problema que sale más fácil.
─ ¿Qué querés? ─ dijo indignado el Molleja ─ ¡Con lo que ganan y salen a pedir más y más y más siempre!
Dos vasos vacíos y un plato, también vacío. ─ Ahí está el tema ─ retomó Carlos ─. El problema no es que ganen más. Está mal emparejar para abajo. Hay mucha gente en el Estado que gana lo mismo o más que ellos y no pasa nada. Pero esa gente labura. La gente ve a los municipales y piensa “estos tipos pasan de paro en paro y armando lio”.
─ Y si ─ afirmó el Toto ─. Vos vas a la Intendencia y es como caer en la cueva de la burocracia. Lo que no se dan cuenta es que la gente está caliente porque es inmoral que sigan reclamando más aumento cuando la mayoría de la población no alcanza a ganar lo que ellos cobran solo por las multas. Pero además que reclamen como si fueran todos super eficientes.
─ Pero digo yo ─ el Molleja se metió en el medio de la conversación ─ ¿Qué es lo que buscan estos tipos?
─ Sinceramente, una de dos: o que están alejados de la realidad en la que viven (y piensan que sus sueldos son bajos) o lo que buscan es desestabilizar políticamente a la Intendencia para que ceda en todas sus pretensiones  En ambos casos, el sindicato está errado ─ respondió rápidamente Carlos y remató ─ Creo que el error es que se ponen a todo el mundo en contra y dan imagen de demasiado conflictivos. Porque en el fondo laburar, laburan. Sino esto sería un caos.

Todos lo quedaron mirando fijo a Carlos. “Y sí… No se rascan todo el día, sino no funciona nada”, dijo él a modo de explicación. El Gallego entendió y dijo “claro, ¿sino quién cobra, quién hace el trámite, quién te levanta la basura y todas esas cosas?”. Luego de dar por finalizada la conversación, el Toto dijo de la nada:

─ ¿Sabés de que me acordé? De una murga. Los Curtidores de Hongos. En 2008 tenían un cuple buenísimo que se llamaba, “La murga de la Intendencia”. Estaba buenísimo.

El Toto, apuró la cerveza y se fue del boliche. La conversación hacía rato que versaba sobre la selección nacional y los posibles planteles para las eliminatorias. El Toto saludó, ganó la calle y se fue tarareando con la melodía de la canción Chiquillada: “Tamos ensayando, la murga de la Intendencia… Es la preferida de toda la oposición”.




Imagenes: www.personalidadyrelaciones.com;  pepinomartini.blogspot.com; www.subrayado.com.uy
6/03/2013

2/06/2013

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Carta de Carlos para El Polo Gargano


Te fuiste. Quién lo diría. Los que te veían cerca, dicen que parecía que ibas a estar siempre. Pero claro, como comentan los viejos, “uno no nace para semilla”. Es verdad. Pero en tu caso, sabés que quedaste en la cabeza de unos cuantos que te reivindican. También te ganaste unos cuantos enemigos. Pero eso es lo que pasa cuando te pones en contra a los poderosos. Los de adentro y los de afuera.

Porque si hay algo que nadie duda, era de tu frontalidad. Uno podía discrepar o coincidir, pero sabés que diste tu punto de vista de una manera particular. Eras dueño de una personalidad fuerte. Amable con el compañero, duro con el adversario. Pero sobre todas las cosas, un tipo reflexivo y cuestionador.

Dice la vieja guardia de tu partido que arrancaste como anarco en la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), cuando estudiabas derecho. Es probable, porque de jóvenes muchos nos sentimos identificados con Bakunin. Pero te sedujo el socialismo y te uniste a la gente de Don Emilio Frugoni.

¿Para qué repasar tu trayectoria, cuando medio país hizo notas sacadas de wikipedia? Lo que si hay que destacarte es que te metiste en cuanta trinchera pudiste. Estuviste en cosas importantes del Uruguay. Militaste a favor de la Ley Orgánica de la Universidad de la República. Aportaste a tu sindicato y participaste de la vieja CNT. Como periodista, llegaste a ser el director de “El Sol”; la publicación más importante del Partido Socialista. Pero lo más importante para vos: ser secretario general del PS por 16 años seguidos.

Te bancaste todas las puteadas. ¿Te acordás cuando te pusiste a favor de mantener a ANCAP estatal? Una amiga nos trajo a la mente a unos cuantos, tus palabras en una discusión con Hierro López. Vos sostenías que una ANCAP estatal sería tan productiva que con las ganancias se financiaba la reforma la refinería y además repartir lo que sobrara para escuelas y hospitales. Hierro respondió que así ANCAP duraba tres o cuatro meses más y nada más. Y ya ves quien tenía razón.

También nos acordábamos de vos los que no éramos de tu partido. Yo fui bolche hasta que cayó el muro. Después estuve por ahí, en la vuelta. Una vez hablé con vos y me dijiste que el PS siempre sería un buen lugar para los que andaban como yo, porque recibió siempre a cualquiera, sin importar de donde hubiese salido. Dijiste que el PS fue la madre de toda la izquierda en el país y como buena madre los recibía a todos en su casa. Tal vez ni lo registres, porque te la pasaste charlando con todo el mundo. Pero eso me respondiste cuando te pregunte si aceptarían a un ex PCU. Me acuerdo tu sonrisa pícara cuando lo dijiste. Te voté un tiempo y después me volví a ir, pero siempre me acuerdo de esa minúscula conversación.

Pero lo que sí no podemos olvidar es que siempre te jugaste el todo por el todo. Contra la dictadura fuiste una inagotable fuente de consulta, para los exiliados. No solo para los uruguayos. Para todos los latinoamericanos que te conocieron en España. Contra las injusticias de tu tiempo, con las cuales combatiste a capa y espada. No le diste la espalda a quienes necesitaron de tu ayuda. E incluso te la jugaste dentro y fuera de la izquierda, contra los que te criticaron.

No nos conocimos. Solo alguna vez que te vi. Pero sentía que estabas seguro de que tu causa era justa. Era fuerte encontrarte, porque tu presencia impactaba. Para los compañeros, para bien. Para los adversarios para mal. Pero nunca pasaste desapercibido. Hace un tiempo que te extrañábamos. Hoy voy a llevarte una rosa. La más roja de todas. 




Mano sosteniendo una rosa roja



Los columnistas de este blog rendimos este pequeño homenaje a quien fuera uno de los referentes, no solo del Partido Socialista, sino uno de los referentes de la izquierda uruguaya.  Quienes hacemos Viciados de Nulidad, le hacemos llegar un saludo fraterno a los familiares, amigos y compañeros de Reinaldo "Polo" Gargano.  

2/06/2013

8/13/2012

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La Señora de la Casa


Charla entre empresaria de Carrasco (amiga de nuestra tristemente celebre Nathalie Manhard)  y uno de los columnistas de “Viciados de Nulidad” quien pudo conseguir una entrevista en exclusiva. *



  • Buenas tardes Señora, me podría decir su nombre y su ocupación?

  • Mi nombre verdadero no te lo voy decir, pero decime Mercedes. Mercedes está bien. Soy empresaria.

  • Mercedes, en los últimos días se dio a conocer la noticia de unos conocidos empresarios uruguayos (los Manhard) que tenían en condiciones de esclavitud a varias ciudadanas bolivianas en su casa. ¿Que me dice de eso?

  • Mirá, yo a los Manhard los conozco. Enrique el padre de la familia es miembro de la Fundación Círculo de Montevideo que fundó mi gran hermano Julio María. Es un luchador incansable por tener una sociedad mejor, no tienen ni pie ni cabeza las acusaciones que le hacen.

  • Si claro ¿de hecho ha dado conferencias acerca la crisis mundial y las secuelas sociales ante la igualdad y la libertad, verdad?

  • Exacto, pero no es solo esas grandes cosas que hace, en actos chiquitos uno puede ver que es un hombre solidario y bondadoso.

  • ¿Me puede describir algún acto de ese tipo que haya tenido con usted?

  • Mirá, sin ir más lejos te puedo contar algo que me paso el mes pasado, en casa todo siempre está muy regio, porque tenemos unas chiquitas ahí que se encargan de lustrar. La cuestión es que a una de ellas se le ocurrio que debía tener libre.

    ¿!Donde se ha visto!? Con pretensiones. Le dijimos que no y la chiquita se reveló, convenció a la otra y se fueron.

    Justo ese día venían los Manhard a comer a casa, yo le comente la situación a Enrique y el muy gentilmente me consiguio una oferta de dos peruanitas muy limpitas ellas, al precio de una (que me vino bárbaro). ¡¡¡Ni en el día del Centro hubiera conseguido esa oferta!!! La verdad un hombre muy solidario.

  • ¿Y de Nathalie que me puede decir?

  • Nathalie es una persona muy especial, un poco tacaña diría yo, me acuerdo una vez que Enrique había conseguido 25 etíopes para que lo abanicaran en su casa de Punta y la chiquita dijo que no. 

     ¿Podes creer? Dijo que le salía muy caro el flete. Mirá, ella dijo eso, pero yo creo que  es medio zurda y quiere comerciar solo en America Latina. ¡Eso es todo culpa de Chavez! Se perdio un gran negocio. Con lo caro que está conseguir un negro hoy en día mijo. Desde que Inglaterra dejo de colonizar ya no es lo mismo eh!.

  • Discúlpeme ¿no le parecen un poco medievales y racistas sus comentarios?

  • ¡Ay no, querido! Estás equivocado, sin ir más lejos estuve todos los Juegos Olímpicos hinchando por el Husein Bols ese de Jamaica. La verdad que quedé maravillada, nunca había visto a un negro que corriera más rápido que una persona.

  • Bueno, insisto, la verdad que sus comentarios no dejan muy bien parados ni a sus amigos los Manhard, ni a usted, señora.

  • La verdad que no permito que me digas eso, yo soy una luchadora de la igualdad, con mis amigas vamos todos los años al Africa a contratar niños de ahí para nuestras empresas, les damos trabajo y a veces los dejamos que jueguen. Todo muy prolijo. Y ahora estamos por invertir en el negocio de la minería para “ayudar” a más gente,

  • Bueno señora, muchas gracias por la charla.

  • Por nada querido, espero que esta nota sirva para limpiar la imagen de Enrique y Nathalie que son personas maravillosas.

  • Sin dudas,  esperemos que sirva para algo, sin dudas...

    * El contenido de esta nota es pura ficción, todos los diálogos y contenidos en la misma son responsabilidad de su columnista y de su capacidad imaginativa.

8/13/2012

6/06/2012

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El niño grande


Carlos entró y el aire frío se coló en el boliche. Saludó a los pocos parroquianos con un balbuceo y se fue derecho a una mesa contra la calle. Desde lejos miró a Antonio, el dueño del bar, que detrás del mostrador observaba el movimiento del exterior. A las 11 de la mañana, la clientela es la misma de siempre. Como ya conoce los gustos de todos, Antonio se dedicaba a otros menesteres, como por ejemplo, ver que hacen los vecinos.

- Gallego – gritó Carlos – servime una caña. Doble.

Acodado en la mesa y con las manos en el mentón, miró a la vereda que recién había abandonado. Antonio sabía que algo le pasaba, porque cuando Carlos pedía una caña doble algo andaba mal o por lo menos, raro. Se lo sirvió. “Cualquier cosa, ya sabes, pasa por la barra”, le dijo con el acento más español de la cuadra. Carlos esbozó una media sonrisa y volvió a mirar a la calle.

Afuera estaba gris y era el día más frío del año hasta ese momento. Lloviznaba de a ratos. El viento levantaba las hojas caídas. La gente pasaba con abundante abrigo y trataba de refugiarse en la parada. Carlos meditaba, solo en su mesa. Los parroquianos seguían cada uno en sus cosas; conversaban, leían el diario o miraban la tele.

De repente, Carlos miró a la silla de enfrente y estaba sentado ahí.
- No sé si estoy triste o no. No te conocía, pero te quería como un amigo – dijo Carlos.
- Es lo que muchos me dicen – comentó él y se rió con ganas.
-Dicen que fuiste así siempre. Un niño grande. ¿Era así?
-Sí. Me divertía mucho. Me pareció siempre la mejor forma de vivir. ¿No me digas que no está bueno?

Carlos se quedó pensando. Si. Está bueno. ¿Por qué no vivir así? Él era un tipo muy simpático, pero como hacía para no quedar mal viviendo así. Claro, era escritor. Eso le permitía también ser un botija en un cuerpo de grande. Lo miró. La sonrisa no se le había borrado. Fue a hablarle, pero él se le adelantó:

- La cuestión es ser sincero, ser lo que uno quiere ser. Hay que tener autenticidad y disfrutar lo que uno hace.
- ¿Por qué me hablás en español si sos de Estados Unidos? ¿Sabías español?
- No. Pero estoy en tu cabeza.
- Me imaginé. Sobre todo porque le gallego me mira como si estuviera loco. Se ve que sí.
- No, no es que estés loco. Decidí salir a hablar con algunos seguidores que nunca hubiera podido conocer.

Carlos miró de nuevo a la silla vacía. Esta vez con asombro. ¿Cómo lo sabía? “De todos los libros que tenés, hay uno que lo ponés siempre un lugar destacado”, dijo él, siempre con la sonrisa bonachona. Carlos, dijo “sí” y todos los parroquianos se dieron vuelta. Les otorgó una mueca que simulaba ser una sonrisa, cosa que se quedaran tranquilos.

Crónicas marcianas. Ese era el libro. Le gustaba la imagen de los marcianos, pero sobre todo el cuento del día que los negros se van al planeta rojo. Carlos calculó que ya lo sabía. No le dijo eso, pero si le manifestó su devoción como escritor. Lo miró, siempre con esa sonrisa de niño.

- ¿Te gusta escribir? – le preguntó Ray y Carlos quedó carburando.
- Sí. Pero soy muy malo.
- Te falta animarte. No bajes los brazos. Solo un consejo: mi experiencia fue siempre buena y divertida. Mi máquina de escribir era una ametralladora. No siempre salían cosas buenas. Pero siempre me gustó el sonido de metralla en la hoja. No te avergüences, ni te enfurezcas. Deja volar esa imaginación, que sé que es frondosa. Por algo estoy aquí, sentado contigo en este bar, a horas de mi muerte.

Bradbury rió con ganas. Hablar de su muerte le causó gracia. Pero se puso serio. Se apoyó con firmeza en la mesa de cármica y se levantó. Se puso un gamulán, un sombrero y bufanda. Carlos lo miraba irse. Cuando llegó a la puerta, giró y le dedicó una carcajada franca. Abrió la puerta y se fue.

Antonio, volvió a la mesa de Carlos. Puso un puño sobre la mesa, con los dedos peludos contra la cármica. Miró a su cliente cómo se mira a un cachorro perdido. Le preguntó si estaba todo bien. “Sí… Tranquilo gaita”. Antonio, no sabía si servirle otra y le hizo un gesto de llenarle el vaso, con las cejas arqueadas a modo de signos de interrogación. Carlos levantó la vista y le dijo “no gracias, ya estoy mejor”. 
6/06/2012

4/24/2012

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El Milton y su problema con Arjona


El Milton miró por el rabillo del ojo, que la puerta de calle del boliche se abría. Volvió sus ojos al vaso medio lleno, medio vacío. Estaba sentado solo, ocupando la última mesa, casi contra el baño. Ni se percató de que el Toto venía derecho a saludarlo.

- ¿Qué hacés, máquina? – dijo el Toto, mientras se sentaba en la silla frente al Milton.
- Acá… - el tono del Milton era una invitación a que le preguntara que le pasaba, para largar el entripado.
- ¿Qué te pasó, loco? Estás raro.
- La Negra.
- ¿Se piantó?
- No. Peor. Me tiene agarrado de las bolas. Quiere que la lleve a ver a Arjona.

El Toto largo una risita. Quedó mirando al Milton, más aliviado de saber que lo que le afectaba era una cosa más simple de lo que creía. Pero al Milton no le gustó mucho que se rieran de su problema.

- ¿Cuál es el drama? ¿Es muy caro? ¿No te lo fumás?
- Es un poco de todo. El tema es que la Negra quiere ir a las vip, porque una amiga va a ir y ya tiene la entrada. Entonces fui a ver los precios de las entradas… ¡Me quiero matar! ¡Sale 3.200 mangos!
- ¡Uh, ta’ salado!
- Si, pero eso no es lo peor. Lo más jodido es que quiere que yo la acompañe.
- Vos, me supongo que esa no se la llevaste.

El Milton bajó la vista al vaso. Se calló de golpe. Quedó meditando antes de continuar su relato. Mientras, el Toto lo miraba con ojos inquisidores. El Milton levantó la vista y encontró que el Toto tenía las cejas enarcadas. Lo pensó un poco más hasta que al final largó:

- Me dio la captura en el casino.
- Sos un salame. Perdoname que te lo diga, pero sos un salame.
- ¡Qué querés que le haga! Vos sabés que si no le juego a la rula me muero. Hacía como 5 semanas que no iba y justo tenía unos pesos en el bolso y pasé y…
- ¡Salame! Vos le habías prometido que no ibas más – el tono del Toto era de un reproche casi paternal –y ella te creyó. No te podés contener, eh? Encima que te deja venir acá, con lo poco que le gusta el boliche. ¡Te va a cortar los víveres!
- Si, ya sé. Pero tenía un pálpito. Y cuando estoy pisando la entrada, ella que se aparece y me ve. Me hizo acordar a la finada de mi vieja cuando me traía a casa a patadas porque me pasaba de la hora. Te juro que le faltó que me chapara de la oreja.

El Milton continuó el relato. Su esposa lo vio entrar, el trató de inventar una excusa pero le quedó ridícula y ella se enojó. Le dijo que adentro del casino estaba Galindez y que le quería pasar un presupuesto. La mujer miró y adentro no estaba. Entonces se iba poniendo furiosa a medida que el Milton rehacía el cuento una y otra vez. Hasta que al final, estalló.

- Hace 4 días que casi no me habla. Me dijo que lo que me iba a gastar en el juego, me lo podía gastar perfectamente en ella – sentenció el Milton como para rematar el relato.
- O sea que para salvarte el culo, vas a tener que desembolsar 6.400 pesos. Eso te pasa por atrofiado.
- Y sí… Estoy en el horno.
- Vuelta y vuelta.

El Milton y el Toto se miraron. Cada uno esperando la reacción del otro. Hasta que el Milton se paró y dijo que ya volvía. Cuando pasó por al lado del viejo Pedro, este le preguntó a donde iba tan apurado. “Voy al Redpagos”, dijo sin detenerse. El viejo Pedro quedó extrañado de esa respuesta críptica.

- ¿Desde cuándo a este le importó pagar las cuentas en fecha? – preguntó el viejo Pedro a los pocos parroquianos presentes aquella mañana.
- No, no va a pagar una cuenta – respondió el Toto, como resolviendo un misterio -, va a comprar una entrada para un recital. 
- ¿Eh? ¿Un recital? Este tipo está mal de la cabeza. Mirá si yo saldría corriendo así para comprar una entrada a un recital…
- Y lo que es peor: para oír a un tipo que le canta a la menstruación. 

La Negra, entrada en mano. Dicen que está emocionada porque es la primera vez que lo va a ir a ver.
4/24/2012

3/29/2012

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Fidel, Ratzinger, Carlosy el Milton


“¿Viste que el papa fue a Cuba?” le comentó el Milton a Carlos mientras se acomodaban en la mesa de cármica que da a la calle. Carlos, exmilitante del Partido Comunista y devenido en votante independiente del Frente Amplio, aún conservaba ciertas nostalgias sesentistas. La frase del Milton le cayó como una piña cortita a las costillas.

El Milton, siente una mezcla de ignorancia y desprecio hacia la política. Para él, solo sirve como tema de conversación en el boliche, la feria o los asados con amigos. Entonces no entendió la mirada de asco que le puso Carlos cuando lo miró a los ojos. “¿No sabías?” dijo el Milton. “Sí, sabía”, contestó Carlos, con voz cavernaria.


Silencio. Miraron para la calle casi a la misma vez. Miraron pasar los autos, motos y peatones. De golpe Carlos, dijo como para sí mismo: “Esto es cualquiera. Parecía la reunión del Cotolengo”. El Milton lo quedó mirando sorprendido. “Fidel  tiene 85 y el papa 84”. El Milton agregó un tajante “y no se van más”.

- No entiendo – reflexionó el Milton – si antes de ir a Cuba dijo que el marxismo no es lo que le sirve a la isla, ¿Por qué cuando estuvo ahí no se lo dijo en la cara al Fidel? Dicen que estuvo media hora hablando con el barbudo. Pero parece que no se dijeron lo que se tenían que decir. Dicen que el Fidel le preguntó por los cambios en las misas y esas cosas.

- ¿Sabés qué pasa? Que Fidel es un bicho político. No le va a encajar una perorata de las de él –respondió Carlos con desgano –.

- ¿Y eso que tiene que ver?

- Que a Fidel le sirve que pase el alemán. Fijate que en México tiro bosta contra Cuba, pero en Cuba condenó al bloqueo.

- Pero en la misa que dio frente a 300.000 personas dijo que había que recuperar la fe cristiana y que hay que armar una nueva sociedad abierta, renovada y no sé qué más.

- Te voy a explicar una cosita – la bronca de Carlos hacía que subrayara cada palabra con el tono amenazante de la voz -. Cuando llegó el barba a la isla, una de las cosas que hizo fue nacionalizar todos los colegios católicos. ¿Y sabés qué? Este papa estuvo en contra de la Teoría de la Liberación, porque eran curas de izquierda y luchaban por los pobres. Muchos curas dejaron la sotana y se calzaron el chumbo en los 60 y 70. Esto no es solo religión: es política pura.

“Yo que sé” dijo el Milton y volvió a mirar para la calle. “Al final, uno ve las fotos de la caravana y no sabe si la gente fue  porque es católica o porque es la primera vez que ven un Mercedes Benz en la isla”.
3/29/2012